Hace varios días vi que en Instagram se puede crear un avatar de uno mismo, me pareció curioso así que intenté crear el mío. Al intentar crear mi avatar, pasé mucho tiempo pensando en cómo soy y cómo lograr que dicho avatar se parezca lo más posible a mí. Sin embargo, al finalizar, noté que el resultado no se parecía a mí tanto como esperaba.


Según el contexto en el que me desenvuelvo, puedo darme cuenta que muchos jóvenes de esta generación desean ser como sus influencers favoritos o seguir las tendencias para ganar popularidad en redes sociales. En mi experiencia, también

"he sentido la presión de ser lo que otros esperan de mí"

ya sea amigos, familiares e incluso personas en autoridad. En ocasiones, tratamos de mantener una imagen perfecta, maquillando nuestros fracasos y mostrando solo lo que consideramos aceptable.

Sin embargo, esta vida de apariencias nos lleva a alejarnos de conocer el propósito de Dios para nuestra vida. Aunque podamos fingir frente a los demás, no podemos engañar a Dios, quien conoce nuestro corazón hasta lo más profundo, tal como lo menciona la Palabra en 1 Samuel 16:7; “veo más allá de lo que el hombre ve. El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero yo miro el corazón”.

Dios nos creó a su imagen y semejanza, con un propósito único y nos ama tal como somos.

En lugar de querer vivir una vida de apariencias, debemos buscar vivir según el propósito que Dios tiene para nosotros. Ser auténticos y vivir de manera íntegra nos acerca a la vida que Dios planeó para nosotros en esta tierra. En un mundo obsesionado con la imagen y la perfección, es importante recordar nuestra autenticidad y valor como hijos de Dios.